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LOS PASTORES SOMOS PERSONAS, CONSERVEMOS VIVA NUESTRA ALMA


Pastor Eddie Ildefonso

Quiero hacer hincapié en el peligro de la vocación espiritual. Me temo que este
artículo va a sonar como malas noticias, pero creo que podemos traer sanidad para nuestra
vocación si conocemos los principados y potestades que pueden venir a distraernos de
nuestro llamamiento.

A veces la profesión del ministerio no ha fortalecido la fe de aquellos llamados a esta
vocación. La vocación pastoral les ha llevado a ser inmunes al mismo evangelio que han
proclamado. Palabras como evangelio, perdón y nueva vida parece como si solamente
tuvieran aplicación para los miembros, pero no para los pastores. La experiencia trágica
de tantos ministros es suficientemente común para hacer que muchos pastores se
pregunten: ¿Soy inmune a esta enfermedad que destruye a tantos de mis compañeros?

Los problemas que enfrentan los ministros

Muchos pastores hablan acerca de la dificultad que tienen en su adoración personal de
Dios. Los pastores dirigimos la adoración y, no obstante, nosotros mismos tenemos
problemas en adorar. Actividades tales como la oración y la lectura reflexiva de las
Escrituras pueden haber llegado a convertirse en simples herramientas de trabajo hasta el
punto de que estas disciplinas espirituales ya no alimentan el alma de los pastores. Los
pastores pueden verse a sí mismos que cumplen correctamente con los requerimientos de
la fe y hablan mucho acerca de ello, pero están inseguros sobre sus verdaderas creencias.
Rebajar lo sagrado es difícil de evitar, si lo que recomendamos a otros no es una fuente de
temor reverencial en nuestra vida personal. Uno de los problemas más graves de la
práctica del ministerio es la incapacidad de los pastores de recibir sustento de las prácticas
que son normativas para otros cristianos.

Todos los pastores necesitan hacer provisión para su propia necesidad de adoración.
Asistir a una iglesia de otra denominación que difiere bastante de la nuestra despierta
menos la facultad critica porque tenemos menos información y experiencia, y es mucho
menos probable que critiquemos lo que es nuevo y diferente. Los ministros evangélicos
que asisten a cultos religiosos de tipo monástico de una comunidad religiosa descubren que
el culto difiere bastante de lo que requiere aprender cosas nuevas, y las horas de los cultos
permiten que el pastor pueda acomodar su propio horario y asistir.

El ministerio pastoral demanda mucho de los que lo practican. Los ministros con
muchos años de experiencia dicen que el ministerio ya no resulta tan atractivo. Las luchas
internas de las iglesias parecen ser cada vez más frecuentes y venenosas. Muchas
congregaciones son lugares de considerable conflicto. Los pastores a menudo son
arrastrados al centro del conflicto y todos los grupos les culpan de lo que anda mal. El
nivel de estrés para los pastores es alto; el precio por mantener la paz entre las partes en
guerra demanda mucha energía. Los ministros también lidian con personas muy
problemáticas de manera regular. Los pastores son los primeros en ser buscados por los que
son incapaces o no están dispuestos a tratar con psicólogos y psiquiatras, bien porque no
pueden afrontar los gastos o porque temen las consecuencias de verse enredados en el
sistema. De manera que a todos los niveles, institucional y personal, los pastores se ven
involucrados en actividades de mucho estrés.

Las congregaciones hoy esperan que los ministros vayan más allá de las tareas
tradicionales de predicar, dirigir la adoración y pastorear a los enfermos y enlutados. Esperan
que el pastor sea un experto en manejar los conflictos, un evangelista que atraiga nuevos
miembros -especialmente jóvenes y familias acomodadas- y alguien que de alguna manera
sepa manejar los asuntos espirituales y temporales de la congregación, además de predicar
sermones inspiradores y prestar atención a las necesidades personales de los miembros de la
iglesia.

En la mayoría de las congregaciones, cualquiera que sea la forma de gobierno de la
denominación, los miembros pueden intentar deshacerse del pastor con cuidadosa
planificación, hábil organización y trabajo duro. Unos pocos laicos muy dedicados parecen
estar especializados en la práctica de destruir pastores. Estas personas, a quienes G. Lloyd
Rediger ha llamado «mata pastores», operan con eficacia en muchas congregaciones.
«Los mata pastores típicamente tienen un poder intimidante porque están dispuestos a
violar las normas del decoro y del amor que los demás tratamos de seguir. Esto es
poderoso en un nivel subconsciente porque sentimos que tales personas están
dispuestas a intensificar la pelea y usar tácticas que no nos permitimos a nosotros
mismos»1

El éxito incrementa su apetito por más. Su actividad no es completamente consciente; los
que se involucran en maltratar a los pastores pueden hacerlo por razones que están más allá
de su comprensión. Lo que ellos saben es que el pastor los ha desilusionado. Para ellos es un
perezoso o incompetente; está hambriento de poder o es irresponsable; actúa con
favoritismo o es distante; es desorganizado o rígido. En resumen, el pastor no puede
satisfacerlos.

Los enfrentamientos con estos «mata pastores» hacen que el pastor se vuelva
desconfiado y amargado. Tanto la suspicacia como la amargura son enfermedades
espirituales que dañan el espíritu. Los pastores profundamente heridos se hacen
susceptibles, y la práctica del ministerio los destruye. Dañados espiritualmente quedan
desilusionados y cínicos en cuanto a los altos ideales que tuvieron al comienzo de su
ministerio pastoral. Los espíritus dañados pueden buscar venganza contra los que los han
dañado o en contra de los miembros en general. El cinismo entre los ministros puede
llevarlos a aprovecharse de aquellos miembros de iglesia que acuden a ellos
confiadamente.

Además de descuidar nuestra salud espiritual, los pastores podemos descuidar o
maltratar nuestro cuerpo como consecuencia del estrés que se crea al tratar con altos
niveles de conflicto. Podemos ignorar las señales que nuestro cuerpo emite por el
descanso tan necesario y seguir adelante hasta que las señales del estrés aparecen
como una de varias enfermedades graves. En el fondo, el problema del ministerio
pastoral es un problema espiritual. Todo pastor necesita estar preparado para los días
malos cuando las defensas están bajas, cuando nuestra fe parece como un sueño tonto,
cuando la vida está profundamente desilusionada; necesita vivir de tal manera que
nutria la fe como alimento del alma; necesita ponerse toda la armadura de Dios como un
escudo en contra del veneno espiritual de la amargura, el cinismo, la desesperación, la
duda en cuanto a sí mismo y la incredulidad.

Fuentes de ayuda y apoyo
La práctica regular de las disciplinas espirituales protege a las personas de la tendencia
a agotarse a sí mismas y sus recursos espirituales. Estas prácticas pueden ayudar a los
pastores a no quemarse con la correspondiente pérdida de energía. Algunos pastores
evidencian el agotamiento yendo a través de la rutina sin ninguna clase de pasión. Se
sienten vacíos de inspiración por causa de ideales que quedaron comprometidos y por
el rechazo de planes excelentes a manos de congregaciones poco dispuestas al cambio.
Prestarle atención regular al cuidado de nuestra propia alma no es opcional para los
pastores; puede ser el único camino para continuar con la práctica del ministerio sin perder
nuestra alma en el proceso.

Todo pastor necesita a alguien que pueda servir como mentor o guía sabio. La obra
del ministerio es demasiado peligrosa para hacerla por uno mismo. Nuestro individualismo
tan altamente valorado lo estamos pagando caro; el precio que pagamos por nuestra libertad
es soledad y aislamiento. Muchos pastores no tienen a nadie a quien volverse para consejo,
corrección o ánimo. No se atreven a hablar de sus más íntimas necesidades y deseos con
aquellos de dentro de la congregación por temor a destruir la relación pastoral. Puede que
tampoco hablen de corazón con los dirigentes de la estructura denominacional por temor de
que no saquen buena opinión de él y lo pasen por alto en las promociones. Quizá que no
confíen en sus colegas en el ministerio por temor a no parecer fuerte y respetable por amor de
la congregación en la que sirven. Sus cónyuges no pueden llevar todo el peso de la
responsabilidad de aconsejarlos y apoyarlos.

Todos los que hemos perdido el sentido de lo santo porque tocamos las cosas santas
todo el tiempo puede que necesitemos una persona neutra que nos ayude a reencontrar el
camino de un descubrimiento continuo de la presencia de Dios en nuestra vida. La mayoría
de los pastores necesitan encontrar un director espiritual que esté dispuesto a ayudarlos a
mantenerse espiritualmente vivos. El director espiritual puede asistir al pastor a tratar con los
asuntos de fe y dudas, con cuestiones de estrés y amargura; puede ser la persona que le
ayuda a mantener viva su fe en los días más oscuros. Sobre todo, el director espiritual es
alguien ante quien el pastor es responsable. Saber que somos responsables ante alguien por
nuestras acciones y pensamientos puede evitar que los hábitos de amargura y cinismo
lleguen a arraigarse.

Los terapeutas también sirven como personas valiosas en la vida de los pastores. El
terapeuta puede ser el especialista a quien el pastor se atreva a decirle la verdad acerca de sí
mismo. Pero a menos que el terapeuta sea una persona de fe, quizás esté mal equipado para
ayudar al pastor con cuestiones de fe y dudas, y asuntos personales como la sexualidad, el
poder, la autoridad y la competencia. Junto con un terapeuta, un director espiritual puede
ayudar al pastor a trabajar con asuntos que tienen que ver con cuestiones de fe personal,
relacionados con el sentido del llamamiento de Dios, el sentido de la presencia continua de
Dios, la práctica de la oración, fortalecimiento de la vida interior para resistir el poder del
cinismo.

Muchos pastores tienen dificultades para encontrar a alguien a quien puedan acudir de
forma regular. Dejados a nuestros propios recursos, somos incapaces de reconocer nuestras
propias heridas, y mucho menos sanarlas. Podemos ser nuestro peor consejero y, no obstante,
eso es lo que tratan de hacer un gran número de pastores. Debido a que estamos capacitados
para ayudar a otras personas, creemos que no necesitamos la ayuda de nadie. Puede incluso
suceder que creamos que buscar ayuda es una manifestación de falta de fe. De manera que
nos seguimos esforzando hasta que caemos aplastados por la carga.

Los pastores aislados geográficamente de fuentes de ayuda pueden haber creado sus
propias relaciones de ayuda por medio del teléfono o del correo electrónico. Es posible
formar un pequeño grupo de pastores u otros profesionales en la comunidad que pueden ser
capaces de ser honrados unos con otros, que pueden mantener confidencias, y que están
relativamente libres de la necesidad de ser mejores que sus compañeros. Este grupo de
apoyo puede proveer una fuente significativa de fortaleza espiritual para los miembros
siempre y cuando trabajen juntos por un tiempo para edificar la necesaria confianza.

El examen y reconocimiento de uno mismo
Además de estas relaciones, los pastores debemos aceptar la responsabilidad de
mantener nuestra propia fe como una disciplina personal. Los pastores no pueden evitar
el esfuerzo que la disciplina personal trae consigo, aunque parece que resulta más difícil para
algunos que para otros y, por supuesto, los métodos de mantener la disciplina espiritual
varía de persona a persona. Con la ayuda de amigos confiables, podemos llegar a vernos a
nosotros mismos con honestidad y descubrir tanto nuestras cosas buenas como nuestras
debilidades potenciales.

Ser conscientes de cómo crecemos y llegar a ser lo mejor que podemos ser es
importante; solamente entonces podremos practicar aquellas disciplinas que nos serán
más beneficiosas. Por ejemplo, si necesitamos estar a solas para recargar las baterías
después de habernos gastado ministrando a otros, necesitamos entonces establecer un
tiempo regular de retiro -tan a menudo como una tarde a la semana o al menos un día al
mes- para irnos a nuestro aposento alto como un lugar de refugio para quietud y
aislamiento. Este tiempo apartado es tiempo con Dios, tiempo del alma, tiempo sagrado.

Sin silencio muchas personas se sentirán rápidamente vaciados de energía espiritual. Otros
pueden encontrar esos períodos pesados; quizá necesiten tiempo para ellos de vez en
cuando, pero el retiro no es su medio principal de crecimiento espiritual. Estos pastores
crecen mejor en grupos de estudio donde pueden intercambiar ideas, orar juntos y ser
inspirados por otros. Otros, por el contrario, pueden crecer mediante actividades de
ejercicio físico como trabajar en el jardín, escalar montañas o alguna otra actividad así.
Establecer nuestras prioridades requiere un cierto grado de conocimiento propio.

Intentar forzarnos a nosotros mismos en el uso de una disciplina inapropiada o que no nos
ayuda a desarrollarnos al máximo puede perjudicarnos. De la misma manera, conocer
nuestras debilidades y así saber cuál es la fuente de nuestra mayor tentación es muy
importante. Este conocimiento nos permite protegernos a nosotros mismos de algunas
tentaciones sutiles. Las tentaciones vienen probablemente de necesidades insatisfechas, de
heridas no curadas, de dudas no resueltas y de falta de claridad en ciertos asuntos.
Comprendernos a nosotros mismos es crucial para cualquier forma de discernimiento sobre
lo bueno y lo malo. Aprendemos al menos tanto de nuestras debilidades como de nuestras
fortalezas.

Si, por ejemplo, nuestro punto débil es la necesidad de aprobación de parte de otros a
causa de que recibimos poca aprobación de nuestros padres, nuestra mayor tentación
para comprometer principios puede venir de nuestros esfuerzos de obtener esa
aprobación. Podemos aprender la terrible verdad de que haremos casi cualquier cosa para
ganar esa aprobación, incluso romper la confidencia o mentir.

Nuestra debilidad puede ser un concepto pobre de nosotros mismos. La herida es
causada por nuestra falla en honrar o celebrar la singularidad de nuestro ser dado por
Dios. En realidad no creemos en nuestras propias palabras acerca del perdón y nueva
vida. Podemos pensar que estas palabras se aplican a otros, pero no a nosotros.
Necesitamos que otras personas nos apuntalen. Si esta es nuestra debilidad, somos
vulnerables a la crítica porque tendemos a creer casi todo lo negativo que otros digan.
Muchos pastores permanecen casi incapaces de escuchar elogios mientras que incluso
una insinuación de crítica los hundirá en profunda depresión. Debido a que el
ministerio pastoral es a menudo objeto de crítica, cualquier pastor que no pueda manejar
la crítica puede pasar mucho tiempo deprimido y en dudas acerca de si su llamamiento
procede realmente de Dios. Cada punto débil lleva a su propio fin destructivo.
Ambas formas de conocimiento -el conocimiento de lo que nos nutre y de lo que nos
tienta- son importantes. Al conocerlas podemos participar en aquellas actividades que avivan
y que elevan nuestro ministerio. Mientras que evitamos aquellas cosas que nos hunden y nos
destruyen.

Los pastores pueden, dentro de ciertos límites, cambiar sus prioridades en formas que
produzcan el máximo de satisfacción personal. A menudo pasamos demasiado tiempo
involucrados en actividades agotadoras mientras que descuidamos aquellas otras que
nos fortalecen. Solamente aquellas actividades que alimentan el alma nos van a mantener
vivos espiritualmente.

Tomado y adaptado de El pastor como guía espiritual de Howard Rice, Editorial Portavoz.
NOTA
1 G. Lloyd Rediger, "Clergy Killers" (Mata pastores), The Clergy frumal, Agosto 1993, p.7.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

COMO OVEJAS DESCONOCEMOS ESTO, CREEMOS QUE LOS PASTORES ESTAN AJENOS A SENTIR PENSAR.

CREEMOS QUE SOLO SON PARA QUE NOS SIRVAN

PERO SE NOS OLVIDA QUE ELLOS SON HUMANOS Y QUE DEBEMOS SER OBEDIENTES

Anónimo dijo...

PASTOR

PERDONEME EL LLAMADO A SER PASTOR ES MUY GRANDE AHORA LO ENTIENDO