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EL PRISMA ESPIRITUAL

Poco útil es una lámpara encendida cuando el día está en su plenitud de luz solar, es considerado todo un despilfarro; pero cuando llega el ocaso, esa lámpara se hace valiosamente significativa, ya que suple en parte la necesidad de luz para el área que la rodea.
Frustrante es desear ver en la noche y acceder a una lámpara, pero encontrar que no puede generar luz por cuanto no tiene combustible,  energía o su bombilla está fundida.
Tal frustración se hace evidente en nuestro tiempo cuando la actual generación demanda luz, pero quien debiera darla no está en condiciones para alumbrar. No son pocos los reclamos que las personas hacen contra el cristianismo cuando no pueden ver la luz que muchos dicen profesar. Ellos anhelan ver la luz de la sabiduría en nuestras decisiones, la luz de la prudencia en nuestras acciones,  la luz del amor en nuestro servicio, la luz de la esperanza en nuestras persecuciones,  la luz de la fe en nuestras tribulaciones, la luz de la integridad en nuestras tentaciones y la luz de la intercesión en nuestras oraciones.
Curiosamente cuando la luz atraviesa un prisma transparente se descompone en siete colores; de allí surge una interesante analogía:
Cuando la luz de Dios entra a nuestras vida y la atraviesa, si somos transparentes, resplandeceremos con los siete colores de la luz espiritual que ya he mencionado.
Ello nos hace responsables de dos cosas importantes:
Primero, de estar siempre expuestos a la luz de Dios en la intimidad de nuestra comunión con el;
y segundo, que permitamos que su luz nos traspase a través de la integridad para que todos los que nos vean puedan conocerlo a él y acercarse a su luz.
Luis Molano

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